Los ensayos
Los ensayos Para llevar aún un poco más lejos la igualdad y correspondencia entre nosotros y los animales, nuestra alma se ufana del privilegio de reducir a su condición todo aquello que concibe, de despojar de cualidades mortales y corporales todo lo que le llega, de obligar a las cosas que estima dignas de su intimidad a desvestirse y despojarse de sus circunstancias corruptibles, y a hacerles dejar de lado, como vestidos superfluos y abyectos, espesor, longitud, profundidad, peso, color, olor, aspereza, lisura, dureza, blandura y todos los accidentes sensibles, para acomodarlos a su condición inmortal y espiritual, de tal manera que la Roma y el París que tengo en el alma, el París que imagino, lo imagino y lo comprendo sin extensión ni lugar, sin piedra, sin yeso y sin madera.[230] Pues bien, este mismo privilegio, sostengo yo, parece darse muy manifiestamente en los animales. Porque el caballo acostumbrado a las trompetas, a los arcabuzazos y a los combates, al que vemos agitarse y estremecerse mientras duerme estirado en su lecho de paja, como si se hallara en medio de la pelea, es seguro que concibe en su alma el son del tamboril sin ruido un ejército sin armas y sin cuerpos:
Quippe uidebis equos fortes, cum membra iacebunt
in somnis, sudare tamen, spirareque saepe,
et quasi de palma summas contendere uires.[231]