Los ensayos

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a | Porque las más de las veces ocurre lo contrario. Todo el mundo prefiere discurrir del oficio de otro a hacerlo del propio, pensando adquirir así una nueva reputación. Lo prueba el reproche que Arquidamo le lanzó a Periandro: que renunciaba a la gloria de buen médico para granjearse la de mal poeta.[2] c | Ved los amplios despliegues que dedica César a explicarnos sus invenciones para construir puentes y máquinas,[3] y cómo, en comparación, se vuelve conciso cuando habla de las tareas de su profesión, de su valentía y de la dirección de su ejército. Sus hazañas le acreditan de sobra como excelente capitán; él pretende darse a conocer como excelente ingeniero, cualidad un poco distante. Dionisio el Viejo era un grandísimo jefe militar, tal como convenía a su fortuna; pero se esforzaba en presentar como mérito principal la poesía, de la que, sin embargo, apenas sabía nada.[4] Un jurista de profesión, al que días atrás llevaron a ver un estudio provisto de toda suerte de libros sobre su oficio, y sobre cualquier otro oficio, no halló en él motivo alguno de conversación. Pero se paró a glosar ruda y magistralmente una barricada puesta en la escalera del estudio, como las que cien capitanes y soldados reconocen todos los días sin comentario y sin agravio:

a | Optat ephippia bos piger, optat arare caballus.[5]


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