Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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Antes de haber terminado de cerrar la puerta, la señora Rachel ya había tomado nota mentalmente de todo lo que había sobre la mesa. Eran tres platos, de manera que Marilla debía estar esperando a alguien que vendría con Matthew a cenar; pero los platos eran de diario y con sólo manzanas agrias en almíbar y una única clase de pastel. Por lo tanto, la visita esperada no debía ser extraordinaria. Entonces, ¿a qué venía el cuello blanco de Matthew y la yegua alazana? La señora Rachel casi se mareaba ante este extraño misterio en la tranquila y poco misteriosa “Tejas Verdes”.

- Buenas tardes, Rachel – dijo Marilla enérgicamente –. Es una tarde realmente hermosa,

¿no es cierto? ¿No quiere tomar asiento? ¿Cómo están los suyos?.

Entre Marilla Cuthbert y la señora Rachel existía desde siempre algo que, a falta de mejor nombre, podía llamarse amistad, a pesar – o quizá a causa – de su diferencia.

Marilla era una mujer alta y delgada, angulosa y sin curvas; su cabello oscuro dejaba entrever algunas hebras grises y siempre estaba recogido en un pequeño moño con dos orquillas agresivamente clavadas. Tenía el aspecto de una mujer de mente estrecha y conciencia rígida, y así era; pero había una cierta promesa en sus labios que, de haber sido ligeramente desarrollada, podría haber sido indicativa de sentido del humor.


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