Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Bueno, no te han elegido por tu apariencia; de eso no hay duda – fue el enfático comentario de la señora Rachel Lynde. La señora Rachel era una de esas deliciosas y populares personas que se jactan de decir siempre lo que piensan –. Es terriblemente flaca y fea, Marilla. Acércate, niña, y deja que te mire. ¡Por Dios!, ¿ha visto alguien pecas como éstas? ¡Y su cabello es tan rojo como la zanahoria! Acércate, niña, he dicho.
Ana “se acercó”, pero no exactamente como lo esperaba la señora Rachel. De un salto cruzó la cocina y se detuvo frente a la señora Lynde con el rostro enrojecido por la ira, los labios temblorosos y estremeciéndose de pies a cabeza.
- ¡La odio! – gritó con voz sofocada, golpeando el suelo con el pie –. ¡La odio! ¿Cómo se atreve a llamarme pecosa y a decir que tengo el cabello rojo? ¿Cómo se atreve a decir que soy flaca y fea? ¡Es usted una mujer brusca, descortés y sin sentimientos!.
- ¡Ana! – exclamó Marilla, consternada.
Pero Ana continuaba frente a la señora Rachel con la cabeza levantada, los ojos centelleantes, los puños apretados, despidiendo indignación por todos los poros.