Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - ¡Cómo se atreve a decir de mà tales cosas! – repitió vehementemente –. ¿Le gustarÃa que hablaran asà de usted? ¿Le gustarÃa que dijeran que es gorda y desmañada y que probablemente no tiene una pizca de imaginación? ¡No me importa si lastimo sus sentimientos al hablar asÃ! Tengo la esperanza de que asà sea. ¡Usted ha herido los mÃos mucho más de lo que lo han sido jamás, ni aun por el marido borracho de la señora Thomas! Y nunca se lo perdonaré, ¡nunca, nunca!.
- ¿Dónde se ha visto un carácter como éste? – exclamó la horrorizada señora Rachel.
- Ana, ve a tu cuarto y quédate allà hasta que yo suba – dijo Marilla recobrando el habla con dificultad.
Ana, rompiendo a llorar, se lanzó contra la puerta del vestÃbulo, dio tal portazo que hasta retemblaron los adornos del porche, desapareció a través del vestÃbulo y subió las escaleras como un torbellino. Un nuevo portazo que llegó desde arriba informó que la puerta de la buhardilla habÃa sido cerrada con igual vehemencia.
- Bueno, no envidio la tarea de criar eso, Marilla – dijo la señora Rachel con atroz solemnidad.
Marilla abrió la boca para disculparse. Pero lo que dijo fue una sorpresa para ella misma, en ese momento y aun después.
- No debió haberla criticado por su apariencia, Rachel.