Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes no venía al caso con Marilla. No creía poder pegar a una criatura con un bastón. No, había que buscar otro castigo para que Ana comprendiera la enorme gravedad de su ofensa.
Marilla encontró a la niña acostada boca abajo sobre su lecho, llorando amargamente, completamente olvidada de que había puesto sus botas sucias de barro sobre un limpio cobertor.
- Ana – dijo suavemente.
Ninguna respuesta.
- Ana – esta vez con mayor severidad –, deja esa cama al instante y escucha lo que tengo que decirte.
Ana se arrastró fuera del lecho y tomó asiento rígidamente en una silla, con el rostro hinchado y lleno de lágrimas y los ojos fijos testarudamente en el suelo.
- ¡Bonita manera de portarte, Ana! ¿No estás avergonzada?.
- Ella no tenía ningún derecho a decir que era fea y tenía el pelo rojo – contestó Ana evasiva y desafiante.