Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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Oh, señora Lynde, por favor, perdóneme. Si se niega, será para mí una pena para toda la vida. A usted no le gustaría infligir a una pobre huérfana una pena para toda la vida, aunque ella tenga un carácter terrible, ¿no es cierto? Estoy segura de que no. Por favor, diga que me perdona, señora Lynde.

Ana juntó las manos, inclinó la cabeza y esperó la voz de la justicia.

Sobre su sinceridad no cabían dudas; cada palabra la expresaba. Tanto Marilla como Rachel reconocían el inconfundible acento. Pero la primera comprendió que Ana estaba disfrutando con su humillación; se divertía con todo aquello. ¿Dónde estaba el castigo que ella había previsto? Ana lo había transformado en una especie de positivo placer.

La buena señora Lynde, que no gozaba de una percepción tan aguda, no podía ver eso. Sólo percibía que Ana había pedido amplias disculpas y todo resentimiento se desvaneció de su buen corazón.

- Vamos, vamos, levántate, chiquilla – dijo cariñosamente –. Desde luego que te perdono.

Creo que fui un poco dura contigo, de todas maneras. Pero soy una persona charlatana.


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