Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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Esto era satisfactorio, o debió haberlo sido. Pero Marilla no se pudo librar de la sensación de que su plan de castigo se desbarataba. Ana no tenía por qué parecer tan alegre y radiante.

Y así continuó hasta que llegaron a presencia de la señora Lynde, que estaba sentada tejiendo junto a la ventana. Allí desapareció la alegría y una triste penitencia apareció en todos sus rasgos. Antes de que se cruzara una palabra, Ana cayó de rodillas ante la azorada señora Lynde y alzó sus brazos implorantes.

- Oh, señora Lynde, estoy terriblemente avergonzada – dijo, con temblor en la voz –.

Nunca podré expresar cuánto lo siento, ni aunque usara todo el diccionario. Imagínese, me he portado muy mal con usted y he hecho quedar mal a mis queridos Marilla y Matthew, que me permiten vivir en “Tejas Verdes” aunque no soy un muchacho. Soy una niña terriblemente mala e ingrata y merezco que se me castigue y se me aparte para siempre de la gente respetable. Hice muy mal en enfadarme porque usted me dijo la verdad. Era verdad; cada una de sus palabras lo fue. Mi cabello es rojo, tengo pecas, soy fea y flaca. Lo que yo le dije a usted era verdad también, pero no debí haberlo dicho.


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