Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- Verdaderamente, es una chiquilla rara. Siéntese en esta silla, Marilla, es mejor que la que tiene ahora; ésa la guardo para el criado. Sí, por cierto que es una criatura rara, pero tiene algo que atrae. No me sorprende que usted y Matthew se hayan quedado con ella, ni les compadezco tampoco. Puede resultar muy buena. Desde luego, tiene una manera extraña de expresarse, algo... algo violenta; pero es probable que la venza, ahora que ha venido a vivir entre gentes civilizadas. Y además, su genio es bastante vivo; pero hay una ventaja: una criatura que tiene el genio vivo, que se arrebata y se calma con facilidad, no es dada a ser taimada o impostora. En conjunto, me gusta, Marilla.

Cuando Marilla salió de la casa, Ana abandonaba la fragante penumbra del huerto con un ramo de narcisos en las manos.

- Me disculpé bastante bien, ¿no es cierto? – dijo orgullosamente mientras bajaban la cuesta –. Pensé que ya que tenía que hacerlo, lo haría ampliamente.

- Lo hiciste bien – fue el comentario de Marilla, quien se escandalizó al verse propensa a reír ante el recuerdo de la entrevista. Tenía la incómoda sensación de que debía reprender a Ana por disculparse tan bien, pero eso era una ridiculez. Transigió con su conciencia diciendo severamente:

- Espero que no tengas más motivos para pedir disculpas y que aprenderás a dominarte, Ana.


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