Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

Los había hecho ella misma, y eran todos iguales: faldas sencillas unidas a batas sencillas con mangas tan sencillas como las batas y las faldas, y tan estrechas como pueden serlo unas mangas.

- Imaginaré que me gustan – dijo Ana juiciosamente.

- No quiero que lo imagines – exclamó Marilla, ofendida –. ¡Oh, ya veo que no te gustan!

¿Qué tienen de malo? ¿No son pulcros y limpios y nuevos?.

- Sí.

- ¿Entonces por qué no te gustan?.

- No son... no son... bonitos – dijo Ana de mala gana.

- ¡Bonitos! – bufó Marilla –. No me preocupé de que fueran bonitos. No creo en vanidades tontas, Ana, te lo digo directamente. Esos vestidos son buenos, duraderos, sin ringorrangos ni volantes y son cuanto tendrás este verano. El amarillo y el azul estampado te los pondrás para ir al colegio cuando comiencen las clases, y el de raso lo usarás para ir a la iglesia y a la escuela dominical. Espero que los conservarás pulcros y limpios y que no los romperás. Pensé que estarías agradecida después de esas mezquinas ropas que has estado llevando.


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