Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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Le pareció que no le gustaba a la señorita Rogerson y se sintió muy desgraciada; todas las niñas de la clase llevaban mangas abullonadas. Ana pensó que no valía la pena vivir sin mangas abullonadas.

- Y bien, ¿qué te ha parecido la escuela dominical? – inquirió Marilla al regreso de Ana.

Ésta llegaba sin guirnalda, pues la había dejado en el sendero, de manera que Marilla no se enteró por el momento.

- No me gustó ni pizca. Fue horrible.

- ¡Ana Shirley! – dijo Marilla en tono de censura. Ana se sentó en la mecedora con un largo suspiro, besó una de las hojas de Bonny y acarició un capullo de fucsia.

- Deben haberse sentido muy solos mientras estuve fuera – explicó –. Y ahora, sobre la escuela, me comporté bien, tal como usted me recomendara. La señora Lynde ya se había ido, pero continué el camino sola. Entré en la iglesia con un montón de niñas más y me senté en el extremo de un banco junto a la ventana mientras duraron los primeros oficios. El señor Bell pronunció una plegaria espantosamente larga. Me hubiera cansado muchísimo de no haber estado sentada junto a la ventana. Pero ésta daba justamente al Lago de las Aguas Refulgentes y me quedé mirándolo e imaginando toda clase de cosas espléndidas.


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