Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - No debiste haber hecho nada de eso. Debiste haber escuchado al señor Bell.
- Pero él no me hablaba a mí – protestó Ana –. Le hablaba a Dios y no parecía poner mucho interés en ello. Supongo que pensaba que Dios estaba demasiado lejos para que valiera la pena. Sin embargo, yo también dije una pequeña plegaria. Había una larga hilera de abedules cuyas ramas caían sobre el lago, y el sol, pasando a través de ellos, se sumergía en lo más profundo del lago. ¡Oh, Marilla, parecía un hermoso sueño! Sentí un estremecimiento y repetí dos o tres veces: “Gracias por esto, Dios”.
- No en alta voz, supongo – dijo Marilla ansiosamente.
- Oh, no en voz muy alta. Bueno, el señor Bell terminó por fin y me dijeron que entrara a una clase, que resultó ser la de la señorita Rogerson. Allí había nueve niñas más. Todas con mangas abullonadas. Traté de imaginarme que yo también las llevaba, pero no pude.
¿Por qué no pude? Resultaba muy fácil cuando estaba sola en la buhardilla, pero era tremendamente difícil conseguirlo allí donde todas las demás las tenían.
- No debiste haber estado pensando en tus mangas en la Escuela Dominical. Debiste aprender la lección. Espero que la hayas sabido.