Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Oh, lo siento tanto – dijo Ana, con las lágrimas asomándole a los ojos –. Nunca pensé que le desagradara. Las rosas y los narcisos eran tan bonitos que me pareció que quedarÃan bien en el sombrero. Muchas de las niñas llevaban flores artificiales en los sombreros. Me parece que voy a ser un dolor de cabeza para usted. Quizá será mejor que me devuelva al asilo. Eso serÃa terrible; no creo que pudiera resistirlo. Es probable que muriera consumida por la tristeza; ¡asà y todo, estoy tan delgada! Pero todo eso es mejor que ser un dolor de cabeza para usted.
- TonterÃas – dijo Marilla, enfadada consigo misma por haber hecho llorar a la niña –.
Puedes estar segura de que no quiero devolverte al asilo. Todo cuanto deseo es que te comportes como las otras niñas y no hagas el ridÃculo. No llores más. Tengo algunas noticias que darte. Diana Barry ha regresado esta tarde. Voy a pedirle prestado el patrón de una falda; y si quieres, puedes acompañarme y asà conocer a Diana.
Ana se puso en pie, con las manos apretadas y las lágrimas corriéndole aún por las mejillas; el trapo de cocina que estaba doblando cayó desplegado por el piso.
- Oh, Marilla, tengo miedo; ahora que ha llegado el momento, tengo miedo de verdad.
¿Qué pasarÃa si no le gusto? SerÃa la desilusión más trágica de mi vida.