Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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Cuando el señor Phillips estaba al fondo de la clase escuchando la lección de latín de Prissy Andrews, Diana le dijo a Ana en voz baja:

- Ése es Gilbert Blythe, Ana. Es el que está sentado en tu misma dirección al otro lado del pasillo. Míralo y fíjate si no es guapo.

Ana le miró. Tenía una buena oportunidad para hacerlo, porque el tal Gilbert Blythe se encontraba absorto en la tarea de prender disimuladamente la larga trenza rubia de Ruby Gillis, que se sentaba delante de él, al respaldo del asiento. Era un muchacho alto, de rizados cabellos castaños, picarescos ojos de igual color y una sonrisa divertida. Repentinamente Ruby Gillis se puso de pie para enseñarle una suma al maestro; volvió a caer sobre su banco con un grito, creyendo que le arrancaban el cabello de raíz. Todos la miraron y el señor Phillips lo hizo con tanta severidad que Ruby comenzó a llorar. Gilbert había ocultado el alfiler rápidamente y estaba estudiando su lección de historia con la cara más juiciosa del mundo; pero cuando la conmoción se hubo calmado, miró a Ana y guiñó con indecible regodeo.

- Creo que tu Gilbert Blythe es buen mozo – le confió Ana a Diana –, pero es muy atrevido. No es de persona bien educada guiñar el ojo a una niña extraña.

Pero el problema no empezó hasta más tarde.


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