Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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El señor Phillips se hallaba atrás explicándole un problema de álgebra a Prissy Andrews, y los demás alumnos hacían lo que querían, comiendo manzanas verdes, murmurando, trazando dibujos en sus pizarras y haciendo correr grillos atados con hilos por el pasillo. Gilbert Blythe estaba tratando de hacer que Ana lo mirara y no lo conseguía porque en aquel momento Ana estaba ajena, no sólo a la existencia de Gilbert Blythe, sino a la de todos los niños de la escuela de Avonlea y a la escuela de Avonlea misma. Con la barbilla apoyada en las manos y los ojos fijos en el azul resplandor del Lago de Aguas Refulgentes que se vislumbraba desde la ventana del oeste, se encontraba muy lejos, en un magnífico mundo de ensueños, ajena a todo lo que no fueran sus maravillosas visiones.

Gilbert Blythe no estaba acostumbrado a fracasar cuando se empeñaba en que una niña lo mirara. Ella debía mirarlo; esa Shirley de cabello rojo, pequeña barbilla puntiaguda y grandes ojos que no eran como los de las otras niñas de la escuela de Avonlea. Gilbert se inclinó a través del pasillo, alzó la punta de la larga trenza roja de Ana y dijo con un murmullo:

- ¡Zanahorias! ¡Zanahorias!.


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