Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes – Los otros muchachos empezaron a reÃrse tontamente. Diana, palideciendo de piedad, quitó la guirnalda de los cabellos de Ana y le dio un apretón de manos. La niña contemplaba al maestro como si se hubiera convertido en piedra.
- ¿Ha oÃdo lo que le he dicho, Ana? – dijo severamente el señor Phillips.
- SÃ, señor – contestó lentamente la niña –, pero creà que no lo decÃa en serio.
- Le aseguro que sÃ. – TodavÃa utilizaba la inflexión sarcástica que todos los niños, y Ana especialmente, odiaban –. Obedezca.
Durante unos instantes, Ana pareció pensar lo contrario. Entonces, comprendiendo que no quedaba escapatoria, se levantó arrogante, cruzó el pasillo, se sentó junto a Gilbert Blythe y hundió el rostro entre los brazos. Ruby Gillis, que la pudo ver mientras lo hacÃa, comentó con los otros, cuando regresaron a sus casas:
- Nunca he visto algo asÃ; estaba blanca, con unas horribles manchitas rojas.
Para Ana, eso fue el fin de todo. Era malo que la eligieran para castigarla de entre una docena de alumnos igualmente culpables; era peor que la hicieran sentar con un muchacho; pero que ese muchacho fuera Gilbert Blythe, significaba colocar insulto sobre insulto hasta un grado irresistible. Todo su ser bullÃa de vergüenza, ira e indignación.