Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Al comienzo, los otros escolares miraron, murmuraron, se rieron a escondidas y se dieron codazos. Pero como Ana no levantara la cabeza y Gilbert trabajara en los quebrados como si le absorbieran toda el alma, pronto volvieron a sus tareas y la niña fue olvidada. Cuando el señor Phillips llamó a la clase de historia, Ana debió haberse ido, pero la niña no se movió. Y
el señor Phillips, que había estado escribiendo unos versos a Priscila antes de llamar a la clase, luchaba con una rima rebelde y no se dio cuenta. Una vez, cuando nadie miraba, Gilbert cogió un pequeño corazón de caramelo con una leyenda dorada “eres dulce” y lo deslizó bajo la curva del brazo de Ana. De inmediato, la niña alzó la cabeza, tomó el caramelo cuidadosamente con la punta de los dedos, lo dejó caer al suelo, lo hizo polvo con el tacón y reasumió su posición, sin dignarse echar una mirada a Gilbert.
Cuando terminó la clase y salieron todos, Ana se dirigió a su asiento, y sacando ostentosamente cuanto allí tenía, libros y cuadernos, lapiceros y tinta, Biblia y aritmética, los apiló sobre su rota pizarra.
- ¿Para qué llevas todo eso a casa, Ana? – quiso saber Diana tan pronto salieron al camino.
No se había atrevido a hacer antes la pregunta.
- No voy a volver más al colegio.
Diana se quedó boquiabierta y miró a Ana para ver si no mentía.