Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Doquiera esté ella.
- Es tan bonito ser apreciada – suspiró Ana esa noche al contárselo a Marilla.
Las niñas no eran las únicas alumnas que la “apreciaban”. Cuando Ana regresó a su asiento después de almorzar (el señor Phillips le había dicho que se sentara junto a Minnie Andrews, la alumna modelo) encontró sobre su pupitre una brillante “manzana fresa”. Ana ya iba a darle un buen mordisco, cuando recordó que el único lugar de Avonlea donde crecían
“manzanas fresas” era en la huerta del viejo Blythe, al otro lado del Lago de las Aguas Refulgentes. Ana soltó la manzana como si hubiera sido un ascua y ostentosamente se limpió los dedos con su pañuelo. La manzana quedó intacta sobre su escritorio hasta la mañana siguiente, cuando el pequeño Timothy Andrews, que barría la escuela y encendía el fuego, se la anexó como una de sus propinas. La tiza que le enviara Charlie Sloane después del almuerzo, suntuosamente adornada con tiras de papel rojo y amarillo y que costaba dos centavos, cuando una ordinaria valía sólo uno, halló mejor recepción en Ana. Ésta la aceptó complacida y agradeció el obsequio con una sonrisa que transportó al muchacho al séptimo cielo y le hizo cometer tantos errores en el dictado, que el señor Phillips le hizo quedarse después de las clases a pasarlo otra vez.
Pero como: