Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Minnie May, que tenía tres años, estaba muy enferma. Yacía sobre el sofá de la cocina, febril e inquieta, y su ronco respirar podía oírse por toda la casa. Mary Joe, una rolliza francesita de la Caleta que tomara la señora Barry para que le cuidara los niños durante su ausencia, estaba desolada y anonadada, completamente incapaz de pensar qué hacer, o de hacerlo si es que podía pensarlo.
Ana empezó a trabajar con habilidad y rapidez.
- Minnie May tiene garrotillo; está bastante mal, pero los he visto peores. Primero, necesitamos muchísima agua caliente. Diana, me parece que en esa olla no hay ni una taza siquiera. Bueno, ahora está llena. Tú, Mary Joe, puedes poner leña en la cocina.
No quisiera herirte los sentimientos, pero creo que si tuvieras imaginación deberías haber pensado antes en esto. Ahora desnudaré a Minnie May y la acostaré, mientras tú tratas de encontrar ropas de franela. Ahora voy a darle una dosis de ipecacuana.
Minnie May no tomó la medicina de buen grado, pero Ana no había criado en vano tres pares de mellizos. Tragó la ipecacuana no una, sino muchas veces durante la larga noche ansiosa en que las dos niñas cuidaron pacientemente a la sufriente Minnie May, mientras Mary Joe, honestamente deseosa de hacer cuanto pudiera, mantenía un fuego vivo y calentaba más agua de la que hubiera necesitado todo un hospital de niños con garrotillo.