Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Eran las tres de la mañana cuando llegó Matthew con el médico, pues se había visto obligado a ir hasta Spencervale para conseguir uno. Pero la urgente necesidad de asistencia había pasado. Minnie May dormía profundamente, mucho más aliviada.
- Estuve terriblemente cerca de dejarme llevar por la desesperación – explicó Ana –. Se agravaba cada vez más, hasta que estuvo peor que los mellizos Hammond. Casi pensé que se asfixiaba. Le di hasta la última dosis de ipecacuana de esa botella, y cuando llegó a la última gota, me dije (no se lo podía decir a Diana o a Mary Joe para no apenarlas más, pero me lo tuve que decir a mí misma para aliviar mis pensamientos): “ésta es la última esperanza y temo que es vana”. Pero a los tres minutos expulsó la flema y empezó a mejorar. Puede imaginar mi alivio, doctor, ya que no puedo expresarlo con palabras. Usted sabe que hay cosas que no se pueden decir con palabras.
- Sí, lo sé – asintió el médico. Miró a Ana como si pensara cosas sobre ella que no podían expresarse en palabras. Más tarde, sin embargo, se las dijo al señor Barry y a su señora.