Ana de las Tejas Verdes

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- ¡Pero si eso es lo mejor! – protestó Ana –. Si algo surge en la mente debe decirse. Si uno se detiene a pensarlo, lo echa a perder. ¿No ha sentido nunca algo así, señora Lynde?.

No, la señora Lynde nunca había sentido algo así. Sacudió la cabeza sensatamente.

- Debes aprender a pensar un poco, Ana, eso es. El proverbio por el cual debes regirte es

“Mira antes de saltar”; especialmente dentro de una cama de un cuarto de huéspedes.

La señora Lynde rió divertida por su ligera broma, pero Ana permaneció pensativa. No veía nada gracioso en una situación que a sus ojos se presentaba muy seria. Cuando dejó a la señora Lynde, tomó su camino a través de “La Cuesta del Huerto”. Encontró a Diana en la puerta de la cocina.

- Tu tía Josephine está muy enojada, ¿no es cierto ? – murmuró Ana.

- Sí – respondió Diana algo tiesamente, dirigiendo una aprensiva mirada por encima de su hombro hacia la puerta cerrada de la estancia –. Estaba temblando de rabia, Ana. Oh, cómo rezongaba. Dijo que yo era la niña más mal educada que había visto y que mis padres debían estar muy avergonzados por haberme criado así. Dice que no quiere quedarse. A mí no me importa. Pero a papá y a mamá, sí.


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