Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - SÃ, pero las tortas tienen la terrible costumbre de volverse malas exactamente cuando más se necesita que estén buenas – suspiró Ana, haciendo flotar una rama –. Sin embargo, supongo que tendré que encomendarme a la Providencia y tener cuidado al echar la harina. ¡Mira, Diana, un arco iris perfecto! ¿Crees que la drÃada saldrá cuando nos vayamos para utilizarlo de pañuelo?.
- Sabes que las drÃadas no existen. – La madre de Diana habÃa descubierto lo del Bosque Embrujado y se habÃa enfadado. Como resultado, Diana se habÃa abstenido de futuros excesos imaginativos y no consideraba prudente cultivar su credulidad ni con cosas tan innocuas como las drÃadas.
- Pero es tan fácil imaginar que las hay – dijo Ana –. Cada noche, antes de acostarme, miro por la ventana y pienso si realmente la drÃada estará sentada aquÃ, peinando sus rizos con el arroyo por espejo. Algunas veces, busco sus pisadas en el rocÃo de la mañana. ¡Oh, Diana, no abandones tu fe en la drÃada!.
Llegó el miércoles. Ana se levantó al amanecer porque se hallaba demasiado excitada para dormir. HabÃa cogido un catarro por andar por el arroyo la noche anterior, pero nada excepto una neumonÃa podrÃa reducir su interés por la cocina aquella mañana. Después del desayuno, se puso a hacer el pastel. Cuando por fin cerró la puerta del horno, lanzó un largo suspiro.