Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Bueno, puedes hacer lo que quieras – dijo Marilla, determinando que no serÃa sobrepasada ni por la señora Barry ni por ninguna otra –. Ten cuidado de dejar sitio suficiente para los platos y la comida.
Ana se puso a decorar la mesa de una forma que habrÃa de dejar muy atrás a la señora Barry.
Con un excelente sentido artÃstico y abundancia de helechos y rosas, la mesa quedó tan bonita que el ministro y su esposa expresaron a coro su excelencia.
- Ha sido cosa de Ana – dijo Marilla haciendo justicia, y la niña sintió que la aprobadora sonrisa de la señora Allan era demasiada felicidad para este mundo.
Matthew estaba allÃ, medio engañado como sólo Dios y Ana sabÃan. HabÃa caÃdo en un estado tal de timidez y nervios, que Marilla le dejó, desesperada, pero Ana se ocupó de él con tanto éxito que ahora se hallaba sentado con sus mejores ropas y cuello blanco, hablando con no poco interés con el ministro. No le dirigió la palabra a la señora Allan, pero eso hubiera sido mucho pedir.
Todo fue perfectamente hasta que le tocó el turno al pastel de Ana. La señora Allan, que se habÃa servido una cantidad enorme de todo lo demás, declinó. Pero Marilla, viendo la desilusión en la cara de Ana, dijo sonriendo:
- Debe usted servirse un trozo, señora Allan. Ana la hizo especialmente para usted.