Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- Oh, Marilla – sollozó Ana sin mirar –. Estoy en desgracia para siempre. Nunca podré sobrevivir a esto. Se sabrá; las cosas siempre se saben en Avonlea. Diana me preguntará cómo salió el pastel y tendré que decirle la verdad. Seré señalada siempre como la niña que condimentó un pastel con linimento. Gil... los muchachos del colegio nunca acabarán de reír. Oh, Marilla, si tiene una chispa de caridad cristiana, no me diga que tengo que bajar a fregar después de esto. Lo haré cuando se hayan retirado el ministro y su esposa, pero no puedo volver a mirar a la cara a la señora Allan. Quizá piense que traté de envenenarla. La señora Lynde dice que conoce una huérfana que trató de envenenar a su benefactora. Pero el linimento no es venenoso. Es para consumo humano, aunque no en pasteles. ¿Se lo dirá a la señora Allan, Marilla?.

- ¿Qué te parece si se lo dices tú misma? – dijo una voz alegre.

Ana se levantó para encontrar a la señora Allan de pie junto a su cama, contemplándola con ojos sonrientes.

- Mi querida chiquilla, no debes llorar así – dijo, realmente turbada por la trágica cara de Ana –. Es un divertido error que cualquiera puede cometer.

- Oh, no, me duele mucho haberlo cometido – dijo Ana tristemente –, quería que el pastel estuviera buenísimo.


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