Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Lo sé, querida. Y te aseguro que aprecio tu bondad y sensatez igual que si hubiera resultado excelente. Bueno, ahora no debes llorar más. Debes bajar a enseñarme el jardÃn. La señorita Cuthbert me dijo que tienes una parcela propia. Quisiera verla, porque me interesan mucho las flores.
Ana se dejó llevar, reflexionando que era realmente providencial que la señora Allan fuera un espÃritu gemelo. Nada más se dijo del pastel de linimento, y cuando se fueron los huéspedes, Ana se dio cuenta de que habÃa disfrutado más de esa tarde de lo que fuera dado esperar, considerando el terrible incidente. A pesar de todo, suspiró profundamente.
- Marilla, ¿no es hermoso pensar que mañana es un nuevo dÃa, todavÃa sin errores?.
- Te puedo garantizar que cometerás bastantes – respondió Marilla –. Nunca pareces terminar, Ana.
- SÃ, y bien que lo sé – admitió tristemente la niña –. Pero no sé si habrá notado una cosa buena en mÃ: nunca cometo dos veces el mismo error.
- No sé de qué te sirve, si siempre descubres errores nuevos.
- ¿Pero no lo ve, Marilla? Debe haber un lÃmite en los errores que puede hacer una persona y cuando llegue al final, habré acabado con ellos. Es un pensamiento muy reconfortante.