Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Echó una de sus satinadas trenzas sobre su delgado hombro y la sostuvo frente a los ojos de Matthew. Éste no estaba acostumbrado a decidir sobre el color de los cabellos femeninos, pero sobre éstos no cabían muchas dudas.
- Es rojo, ¿no es cierto? – dijo.
La muchacha dejó caer la trenza con un suspiro que pareció arrancar de lo más profundo de su alma y que expresaba toda la tristeza del mundo.
- Sí, es rojo – dijo resignadamente –. Ahora puede ver usted por qué no puedo ser totalmente feliz. Nadie que tenga cabellos rojos puede serlo. Las otras cosas no me importan tanto, las pecas, los ojos verdes y la delgadez. Puedo imaginar que no las tengo. Puedo imaginar que poseo una hermosa piel rosada y unos hermosos ojos violetas. Pero no puedo imaginar que no tengo cabellos rojos. Hago cuanto puedo.
Pienso: “Ahora mi cabello es negro glorioso; negro como el ala del cuervo”. Pero todo el tiempo sé que es rojo y eso me parte el corazón. Será una pena toda la vida. Una vez leí en una novela que una muchacha tenía una pena de toda la vida, pero no era pelirroja.
Su cabello era oro puro que caía de sus sienes de alabastro. ¿Qué es una sien de alabastro? Nunca he podido averiguarlo. ¿Puede decírmelo?.