Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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En la nueva maestra halló otra amiga servicial y verdadera. La señorita Stacy era una mujer brillante y simpática que poseía el feliz don de ganarse y mantener el afecto de sus alumnos y de sacar a la luz lo mejor que había en ellos, mental y moralmente. Ana se abrió como una flor bajo su múltiple influencia y llevó a casa, al admirado Matthew y a la crítica Marilla, un brillante informe de sus progresos en el colegio.

- Quiero a la señorita Stacy con todo mi corazón, Marilla. ¡Es tan señora y posee una voz tan dulce! Esta tarde tuvimos declamación. Me hubiera gustado que estuvieran allí para oírme recitar “María, reina de Escocia”. Puse toda mi alma en ello. Ruby Gillis me dijo, mientras regresábamos, que la forma en que recité el verso: “Ahora para mi padre, digo el adiós de mi corazón femenino”, le hizo helar la sangre.

- Bueno, uno de estos días me lo puedes recitar en el granero – sugirió Matthew.

- Desde luego que sí – dijo Ana meditativamente –, pero no podré hacerlo tan bien, lo sé.

No será tan excitante como cuando se tiene a todo el colegio pendiente de las palabras.

Sé que no podré helarle la sangre.

- La señora Lynde dice que su sangre se le heló al ver a los muchachos subir a la copa de esos altos árboles en la colina de Bell, buscando nidos de cuervos el viernes pasado –


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