Ana de las Tejas Verdes

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un absoluto pavor. Podía darse maña para tratar con ellas cuando sabía exactamente lo que deseaba y podía indicarlo, pero en un asunto como éste, que requería explicación y consulta, Matthew sentía necesidad de que hubiera un hombre detrás del mostrador. De manera que iría a lo de Lawson, donde Samuel o su hijo le atenderían.

Pero, ¡ay!, Matthew no sabía que Samuel, en la reciente ampliación de su negocio, también había tomado una oficiala; era sobrina de su esposa y una jovencita arrolladora, con una hermosa cabellera, grandes y vivaces ojos castaños y la sonrisa más amplia que había visto.

Estaba vestida con elegancia y usaba varias pulseras que centelleaban, sonaban y tintineaban a cada movimiento de sus manos. Matthew se llenó de confusión al encontrarla allí y las pulseras le ponían los nervios de punta.

- ¿En qué puedo servirle, señor Cuthbert? – preguntó la señorita Lucilla Harris viva y afablemente, apoyando ambas manos en el mostrador.

- ¿Tiene algún... algún... algún... bueno, algún rastrillo para jardín? – murmuró Matthew.

La señorita Harris pareció sorprendida, y con razón, al escuchar que un hombre pedía rastrillos para jardín en pleno mes de diciembre.


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