Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Oh no, no lo dejé entrar. Recordé lo que usted me dijera y salí yo; cerré la puerta cuidadosamente y miré la mercancía en el escalón. Además, no era italiano, era un judío alemán. Tenía una caja enorme llena de cosas muy interesantes y me dijo que estaba trabajando mucho para hacer dinero suficiente para traer de Alemania a su esposa e hijos.
Habló de ellos con tanto sentimiento que me conmovió. Quise comprarle algo para ayudarle en tan encomiable empresa. De repente, vi la botella de tintura para el cabello.
El buhonero dijo que estaba garantizada para teñir cualquier cabello de un brillante negro y que no se iba al lavarlo. En un instante me vi con un brillante cabello negro y la tentación fue irresistible. Pero el precio del frasco era de setenta y cinco centavos y yo sólo poseía cincuenta. Creo que el hombre tenía muy buen corazón, porque dijo que, por ser yo, me lo vendería por cincuenta centavos. De manera que se lo compré, y en cuanto se hubo ido subí y me lo apliqué con un viejo cepillo de cabeza, según decían las indicaciones. Usé todo el contenido de la botella, y, ¡oh, Marilla!, cuando vi este horrible color me arrepentí de haber sido mala, puedo asegurarlo. Y estaré arrepentida toda la vida.