Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- Bueno, espero que así sea – dijo Marilla severamente –, y que tendrás los ojos bien abiertos cuando te tiente tu vanidad, Ana. Sólo Dios sabe lo que habría que hacer aquí.

Supongo que lo primero es lavarte bien la cabeza y ver si eso resulta.

Y así se hizo. Ana se lavó la cabeza restregándosela vigorosamente con agua y jabón, pero lo único que consiguió fue quizás decolorar su rojo original.

Ciertamente el buhonero había dicho la verdad cuando afirmó que la tintura era inmutable al lavado, aunque su veracidad podía ser puesta en tela de juicio a otros respectos.

- Oh, Marilla, ¿qué puedo hacer? – preguntaba Ana hecha un mar de lágrimas –. No puedo vivir con esto. La gente ha olvidado mis otras equivocaciones: el linimento en el pastel, el emborrachar a Diana y mi mal genio con la señora Lynde. Pero nunca olvidará éste. Pensará que no soy respetable. Oh, Marilla, “¡qué tela de araña tan intrincada tejemos cuando tratamos de engañar!”. Esto es poesía, pero es verdad. Y cómo se reirá Josie Pye. Soy la niña más desgraciada de la isla del Príncipe Eduardo.


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