Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Habían llegado a la cuesta de una colina. Bajo ellos había una laguna que parecía casi un río, tan grande e irregular era. Un puente la cruzaba y desde allí hasta su extremo inferior, donde el cinturón ambarino de las arenas la separaba del oscuro golfo lejano, el agua era una sinfonía de gloriosos tonos: los más espirituales del azafrán, las rosas y el verde etéreo, mezclados con otros tan irreales que no hay nombre para ellos. Más allá del puente, la laguna llegaba hasta una arboleda de abetos y arces, reflejando sus sombras cambiantes aquí y allá; un ciruelo silvestre sobresalía del margen, como una niña de puntillas que contempla su propia imagen. De la espesura en el extremo de la laguna, llegaba el claro y tristemente dulce coro de las ranas. En una cuesta lejana había una casita gris asomando entre los manzanos y, aunque aún no era bastante oscuro, en una de sus ventanas brillaba una luz.
- Ésa es la laguna de Barry – dijo Matthew.
- Oh, tampoco me gusta ese nombre. La llamaré... veamos... “El Lago de las Aguas Refulgentes”. Sí, ése es el nombre correcto. Lo sé por el estremecimiento. Cuando doy con un nombre que se ajusta perfectamente, me estremezco. ¿Le hacen estremecer a usted las cosas?.
Matthew rumió:
- Bueno, sí. Siempre me estremezco cuando veo las orugas blancas en los pepinos. Odio verlas.