Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Quisiera que hubiese habido un maestro así cuando yo nací. Oh, ya estamos en el puente. Voy a cerrar los ojos; siempre tengo miedo de cruzar puentes. No puedo evitar pensar que, justo cuando llegue a la mitad, quizá le dé por cerrarse como una navaja y me pille. De manera que cierro los ojos. Pero siempre tengo que abrirlos cuando creo que estoy llegando al medio. Porque, verá usted, si le diera al puente por doblarse, me gustaría verlo. ¡Qué estruendo tan alegre! Siempre me ha gustado el estruendo. ¿No es espléndido que haya tantas cosas que gusten en este mundo? Bueno, ya pasamos. Ahora miraré hacia atrás. Buenas noches, querido Lago de las Aguas Refulgentes. Siempre le digo buenas noches a las cosas que quiero, igual que lo haría con la gente. Creo que les gusta. Parece que esa agua me estuviera sonriendo.
Cuando hubieron llegado a la siguiente colina y dado la vuelta a un recodo, Matthew dijo:
- Estamos bastante cerca de casa. “Tejas Verdes” está...
- Oh, no me lo diga – le interrumpió, tomando su brazo parcialmente alzado y cerrando los ojos para no ver el gesto –. Déjeme adivinarlo. Estoy segura de acertar.