Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- Pensé que Marilla Cuthbert era una vieja tonta cuando supe que había adoptado una huérfana del asilo – se dijo –, pero sospecho que no cometió ningún error después de todo. Si tuviera en la casa una niña como Ana, sería una mujer más feliz y mejor.

Ana y Diana encontraron el paseo de vuelta a casa tan placentero como el de ida; quizá más, ya que tenían la deliciosa conciencia del hogar esperándolas al final. Era de noche cuando pasaron por White Sands y entraron en el camino de la costa. A lo lejos, las colinas de Avonlea se destacaban contra el cielo color azafrán. Tras ellas salía la luna del mar, que se transfiguraba a su luz. Cada caleta junto al sinuoso camino era una maravilla de danzarinas olas que rompían con un suave chasquido en las rocas y el sabor del mar se sentía en el aire, fresco y fuerte.

- ¡Oh, qué bello es vivir y estar de regreso en casa! – suspiró Ana.

Cuando cruzó el puente de troncos sobre el arroyo, la luz de “Tejas Verdes” parpadeó una bienvenida y a través de la puerta abierta brilló el fuego del hogar, enviando su cálido fulgor en la fría noche otoñal. Ana entró corriendo en la cocina, donde la esperaba la comida caliente.

- ¿De manera que ya has vuelto? – dijo Marilla doblando su labor.


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