Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes En aquel momento la rivalidad entre Ana y Gilbert era evidente. Antes habÃa sido unilateral, pero ahora no cabÃa duda de que Gilbert querÃa ser el primero de la clase, igual que Ana. Eran dignos uno del otro. Los otros miembros de la clase aceptaban tácitamente su superioridad y ni siquiera soñaban con competir con ellos.
Desde el dÃa de la laguna, en que ella se negara a perdonarle, Gilbert, exceptuando la antedicha rivalidad, no daba muestras de reconocer la existencia de Ana Shirley. Hablaba y bromeaba con las otras muchachas, cambiando libros y acertijos con ellas; discutÃa lecciones y planes y algunas veces acompañaba a su casa a alguna, después de las oraciones o de la reunión del Club de Debates. Pero a Ana Shirley simplemente la ignoraba; y ésta descubrió que no es nada agradable ser ignorado. En vano se decÃa a sà misma que no le importaba. En lo más profundo de su corazoncito sabÃa que le importaba y que si volviera a tener la oportunidad del Lago de las Aguas Refulgentes, su respuesta serÃa bien distinta. De pronto, para su secreta tortura, habÃa descubierto que el viejo resentimiento habÃa desaparecido, desvaneciéndose cuando más necesitaba de su apoyo. Era en vano que recordara la memorable ocasión y tratara de sentir la vieja y satisfactoria ira. Aquel dÃa, junto a la laguna, habÃa contemplado su último y espasmódico relámpago. Ana comprendió que habÃa perdonado y olvidado sin darse cuenta. Pero era demasiado tarde.