Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Por lo menos, ni Gilbert ni nadie, ni siquiera Diana, sospecharían jamás cuánto lo sentía y cuánto deseaba no haber sido tan orgullosa. Decidió “sepultar sus sentimientos en el más profundo de los olvidos”, y tuvo tanto éxito que Gilbert, que posiblemente no era tan indiferente como parecía, no pudo consolarse con la certeza de que Ana sentía su desprecio.
Su único pobre consuelo fue burlarse sin piedad, continua e inmerecidamente del pobre Charlie Sloane.
Por lo demás, el invierno pasó entre agradables deberes y estudios. Para Ana, los días transcurrían como doradas cuentas de la gargantilla del año. Estaba feliz, ansiosa, interesada; había lecciones que aprender y distinciones que ganar; deliciosos libros que leer; nuevos cantos que practicar para el coro de la escuela dominical; placenteras tardes de domingo en la rectoría, junto a la señora Allan. Entonces, casi antes de que Ana lo notara, llegó la primavera a “Tejas Verdes” y una vez más todo floreció.