Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Me siento con ánimo de estudiar con todas mis fuerzas – declaró mientras bajaba sus libros de la buhardilla –. ¡Oh, mis queridos y viejos amigos! ¡Estoy tan contenta de ver vuestras honestas caras otra vez! ¡SÃ, hasta la tuya, geometrÃa! He pasado un verano maravilloso, Marilla, y ahora estoy tan alegre como un hombre fuerte antes de correr una carrera, como dijo el señor Allan el domingo pasado. ¿No son magnÃficos los sermones del señor Allan? La señora Lynde dice que mejora dÃa a dÃa y que en cualquier momento alguna iglesia de la ciudad lo pedirá y nos quedaremos sin él, teniendo que volver a otro ministro que aún no esté maduro. Pero yo no veo la necesidad de preocuparse antes de tiempo. ¿No le parece, Marilla? Creo que lo mejor es disfrutar del señor Allan mientras lo tenemos. Si yo fuera hombre creo que serÃa ministro. Ellos pueden tener mucha influencia para el bien si están fuertes en teologÃa; y debe ser estremecedor pronunciar sermones espléndidos y conmover los corazones de quienes escuchan. ¿Por qué las mujeres no pueden ser ministros, Marilla? Se lo pregunté a la señora Lynde y se sobresaltó y me dijo que serÃa algo escandaloso. Dijo que en los Estados Unidos se permiten ministros femeninos, y cree que los hay, pero que, gracias a Dios, eso todavÃa no ocurre en el Canadá, y que espera que nunca los habrá. Pero yo no veo el porqué.