Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes “patanes campesinos” y las “bellezas rústicas” riéndose por anticipado de los despliegues de talento local que había en el programa. Ana pensó que odiaría a la del vestido blanco hasta el fin de sus días.
Para desgracia de Ana, en el hotel se encontraba alojada una recitadora profesional y había consentido en declamar. Era una mujer delgada, de ojos oscuros, que llevaba una magnífica túnica de tela gris plateado, como rayos de luna, con gemas en el cuello y en su oscuro cabello. Poseía una voz espléndida y un maravilloso poder de expresión que hicieron enloquecer al auditorio. Ana, olvidándose por el momento de sí misma y de todas sus dificultades, escuchó arrebatada y con los ojos brillantes; pero cuando hubo terminado se cubrió repentinamente el rostro con las manos. Nunca podría levantarse y recitar después de aquello, nunca. ¿Es que había siquiera pensado que podría recitar? ¡Cómo le gustaría estar en “Tejas Verdes”! En aquel momento tan poco propicio oyó su nombre. De algún modo, Ana, quien no notó el pequeño sobresalto de sorpresa de la chica vestida de encaje blanco, aunque tampoco hubiera comprendido el cumplido que esto significaba, se puso de pie y se adelantó como atontada. Estaba tan pálida que Diana y Jane, que se hallaban entre el auditorio, se apretaron las manos nerviosamente.