Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Ana contribuyó a alegrar el viaje volviéndose a charlar con las niñas y pasándole ocasionalmente un soplo de vida a Billy, quien gruñía, resoplaba y nunca alcanzaba a dar una respuesta antes de que fuera demasiado tarde. Era una noche dedicada a la diversión. El camino estaba lleno de coches que se dirigían hacia el hotel, y de todos surgían risas y charlas. Cuando llegaron, el hotel estaba completamente iluminado. Se encontraron con las damas de la comisión y una de ellas condujo a Ana a la sala de espera, que estaba ocupada por los miembros del Club Sinfónico de Charlottetown, entre quienes Ana repentinamente se sintió asustada y tímida. Su vestido, que en la buhardilla le había parecido tan delicado y bonito, se le presentaba ahora simple y ordinario; demasiado simple y ordinario, pensaba, entre todas aquellas sedas y encajes que brillaban y crujían en torno. ¿Qué era su collarcito de perlas comparado con los diamantes de la elegante dama que se encontraba a su lado? ¡Y qué pobre debía parecer su única rosa blanca de jardín junto a las flores de invernadero que usaban las demás! Ana se quitó el sombrero y la chaqueta y se quedó miserablemente en un rincón. Hubiera deseado estar de vuelta en su blanco cuarto de “Tejas Verdes”. Fue aún peor cuando se halló repentinamente en el escenario del salón de actos del hotel. Las luces eléctricas la deslumbraban y el perfume y el susurrar de la gente la mareaban. Deseaba hallarse entre el auditorio con Diana y Jane, quienes parecían estarlo pasando estupendamente. Se encontraba aprisionada entre una formida dama vestida de seda rosa y una joven alta de mirada desdeñosa que llevaba un vestido de encaje blanco. La obesa señora miró ocasionalmente en derredor e inspeccionó a Ana a través de sus quevedos hasta que ésta, que era muy sensible a que la examinaran así, sintió la imperiosa necesidad de gritar, y la joven del vestido de encaje hablaba en voz alta con la que se encontraba a su lado sobre los