Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Pero repentinamente, ante sus asustados ojos dilatados apareció la figura de Gilbert Blythe, con una sonrisa en el rostro que a Ana le pareció triunfal e insultante. En realidad, no había nada de eso. Gilbert simplemente sonreía apreciativamente, por el espectáculo en general y en particular ante el efecto producido por la silueta blanca de Ana y su cara espiritual contra un fondo de palmas. Josie Pye, que había ido con él, estaba sentada a su lado y su rostro sí que mostraba triunfo e insulto. Pero Ana no vio a Josie Pye y de haberlo hecho no le habría dado importancia. Respiró profundamente e irguió la cabeza con orgullo, sintiendo que el valor y la decisión sacudían su cuerpo. No fracasaría delante de Gilbert Blythe; ¡él nunca tendría ocasión de reírse de ella, nunca, nunca! El miedo y los nervios se desvanecieron y comenzó a recitar. Su voz clara y dulce llegó hasta los rincones más lejanos del salón sin un temblor o una interrupción. En un instante se recuperó y como reacción de aquel horrible momento de parálisis recitó como nunca lo había hecho. Cuando terminó hubo un estallido de aplausos. Ana volvió a su asiento sonrojada por la timidez y el placer, para encontrarse con que la dama del vestido de seda rosa le oprimía la mano y se la sacudía vigorosamente.
- Querida, has estado espléndida – bufó –. He llorado como una criatura, te lo aseguro.
¡Anda, te están aplaudiendo, quieren un bis!.