Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Oh, no puedo hacerlo – dijo Ana, confusa – Pero sin embargo, debo ir, o Matthew se sentirá desilusionado. Él dijo que me pedirían un bis.
- Entonces no desilusiones a Matthew – exclamó la dama de rosa riendo.
Sonriendo ruborizada, con los ojos brillantes, Ana volvió ágilmente y recitó una amena y graciosa selección que cautivó aún más a su auditorio. El resto de la noche completó su pequeño triunfo.
Cuando el festival hubo terminado, la robusta dama de rosa, que era la esposa de un millonario norteamericano, la tomó bajo su protección y la presentó a todo el mundo y todos fueron muy amables con ella. La recitadora profesional, la señora Evans, se acercó a conversar con Ana y le dijo que tenía una voz divina y que “interpretaba” sus poesías magníficamente. Hasta la joven del vestido de encaje blanco tuvo para ella un pequeño cumplido. La cena tuvo lugar en el gran comedor espléndidamente decorado; Diana y Jane también fueron invitadas ya que habían ido con Ana, pero Bill no pudo ser hallado, pues se había fugado ante el temor de que se le invitara. Sin embargo, estaba esperándolas con el coche cuando todo hubo terminado, y las tres jóvenes salieron a la blanca y tranquila luz de la luna. Ana suspiró profundamente y miró al cielo azul más allá de las oscuras ramas de los abetos.