Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- ¡Marilla! – Ana se sentó en la falda de su protectora, tomó su arrugada cara entre sus manos y la miró a los ojos grave y tiernamente –. No he cambiado en lo más mínimo, de verdad. Es mi exterior. El verdadero yo, aquí dentro, está igual. No modificará nada donde vaya o cuanto cambie exteriormente; en el corazón siempre seré su pequeña Ana y os querré cada día más.

Ana apoyó su fresca mejilla contra la ajada de Marilla y alargó la mano para palmear el hombro de Matthew. Marilla hubiera dado cuanto tenía por poseer el poder de Ana para traducir en palabras sus sentimientos; pero la naturaleza y la costumbre lo habían decidido en sentido contrario, y lo único que podía hacer era abrazar a la muchacha y apretarla contra su corazón, deseando no tener nunca que dejarla ir.

Matthew, con una sospechosa humedad en los ojos, se puso de pie y salió al campo. Bajo las estrellas de la noche de verano cruzó el jardín hasta la puerta de los álamos.

- Bueno, sospecho que no ha sido mal criada – murmuró orgullosamente –. Creo que el que me entremetiera ocasionalmente no hizo mucho daño. Es inteligente, guapa y adorable. Ha sido una bendición para nosotros, y nunca hubo un error más afortunado que el de la señora Spencer, si es que fue cosa de suerte. No lo creo. Fue la Providencia; el Todopoderoso sabía que la necesitábamos.


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