Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Todo esto era cierto pero no ayudó en nada a Ana en la dolorosa nostalgia que se apoderó de ella. Miró desmayadamente su estrecha habitación, con las paredes oscuramente empapeladas y desnudas, la pequeña cama de hierro y la vacía biblioteca y se le hizo un horrible nudo en la garganta al recordar su blanca estancia en “Tejas Verdes”, donde tenía la sensación placentera de un exterior grande, verde, tranquilo; de dulces guisantes creciendo en el jardín y la luz de la luna dando en el huerto; del arroyo bajo la cuesta y las ramas de pino movidas por el viento nocturno; de un vasto cielo estrellado y de la luz en la ventana de Diana brillando entre los árboles. Aquí no había nada de eso; Ana sabía que tras la ventana estaba la dura calle, con la red de hilos de teléfono cerrando el cielo, el golpeteo de pies extraños y mil luces brillando en casas extrañas. Sabía que estaba a punto de echarse a llorar, y luchó para evitarlo.
- No lloraré. Es tonto y débil... Ahí va la tercera lágrima resbalando por mi nariz. ¡Y
ahora siguen otras! Debo pensar en algo divertido que no tenga relación con Avonlea, y eso empeora las cosas... Cuatro... cinco... Volveré el viernes a casa, pero parece que aún falta un siglo. Oh, Marilla está en la puerta, buscándome en el sendero... Seis... siete...