Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- Entonces no creo que pueda comprender cómo es. Ciertamente, es una sensación muy desagradable. Cuando uno trata de comer, se forma un nudo en la garganta y no se puede tragar nada, ni siquiera un caramelo de chocolate. Una vez, hace dos años, comí un caramelo de chocolate, y me pareció delicioso. Desde entonces sueño muy a menudo que tengo montones de caramelos de chocolate, pero siempre me despierto justo en el momento en que voy a comerlos. Espero que no se sienta ofendida porque no puedo comer. Todo está extremadamente bueno, pero así no puedo comer.

- Sospecho que está cansada – dijo Matthew, quien no había hablado desde que regresara del establo –. Mejor será que la acuestes, Marilla.

Marilla había estado pensando dónde dormiría Ana. Tenía preparado un canapé en la cocina destinado al deseado niño que esperaban. Pero aunque estaba limpio y pulcro, no parecía el lugar más apropiado para una niña. No se podía pensar en el cuarto de huéspedes para una niña desamparada, de manera que sólo quedaba la buhardilla del lado este. Marilla encendió una vela e indicó a Ana que la siguiera, lo que ésta hizo sin ningún entusiasmo. Al pasar junto a la mesa del vestíbulo recogió su sombrero y su maletín. El vestíbulo hacía gala de una limpieza que intimidaba y el pequeño cuarto en el que se encontró repentinamente le pareció a Ana más limpio aún.


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