Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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Cuando la noche calma cayó suavemente sobre “Tejas Verdes”, la vieja casa quedó quieta y tranquila. En la sala yacía Matthew Cuthbert en su ataúd, con su largo cabello gris encuadrándole la plácida cara, donde tenía una pequeña sonrisa, como si durmiera, con sueños placenteros. Había flores rodeándole, dulces flores antiguas que plantara su madre en el jardín familiar en sus días de recién casada y por las cuales sintiera Matthew un amor secreto y callado. Ana las había recogido y se las había traído, con los ojos angustiados y sin lágrimas. Era lo último que podía hacer por él.

Los Barry y la señora Lynde las acompañaron aquella noche. Diana fue a la buhardilla, donde estaba Ana junto a la ventana y le dijo:

- Querida Ana, ¿quieres que me quede esta noche a dormir contigo?.

- Gracias, Diana – Ana miró cariñosamente a su amiga –. Creo que no lo tomarás a mal si te digo que quiero estar sola. No tengo miedo. No he estado sola ni un minuto desde que ocurriera y quiero estarlo. Quiero estar sola y en silencio para hacerme a la idea. No puedo hacerme a la idea. La mitad del tiempo me parece que Matthew no puede estar muerto y la otra mitad me parece que lo ha estado desde largo tiempo atrás y que he tenido este horrible dolor desde entonces.


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