Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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Diana no comprendió del todo. Podía entender mejor la pena vehemente de Marilla, que rompía todos los límites de su reserva natural y sus costumbres de toda la vida con sus sollozos, que la agonía sin lágrimas de Ana. Pero se retiró amablemente, dejando a Ana sola con su dolor.

Ana tenía la esperanza de que las lágrimas llegarían al quedarse sola. Le parecía terrible no poder llorar por Matthew, a quien había querido tanto, y que había sido tan bueno; Matthew, que la tarde anterior había paseado con ella y que ahora yacía en el oscuro cuarto de abajo con esa terrible paz en el rostro. Pero las lágrimas no llegaban, ni aun cuando se arrodilló junto a la ventana y rezó, mirando a las estrellas más allá de las colinas; no llegaban; sólo un horrible y sordo dolor continuo golpeándola hasta que se durmió, rendida por la pena y la excitación del día.

En medio de la noche despertó, rodeada de silencio y oscuridad, y el recuerdo del día se presentó ante sus ojos como una ola de amargura. Podía ver el rostro de Matthew sonriéndole como le había sonreído cuando se despidiera en la puerta la noche anterior; podía escuchar su voz diciendo: “Mi niña, mi niña, de quien estoy orgulloso”. Entonces las lágrimas llegaron y Ana lloró de todo corazón. Marilla la oyó y fue a consolarla.


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