Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Confieso que me alegro de sentarme. He estado de pie todo el día y cien kilos de peso son una buena carga para que un par de pies la lleven de un lado a otro. Es una bendición no ser gorda, Marilla. Espero que usted la aprecie. Bueno, Ana, he oído que has abandonado tu intención de seguir estudiando. Me alegra de veras saberlo. Tienes tanta educación como la que puede sufrir una mujer con comodidad. No creo en eso de las muchachas yendo a la escuela secundaria con los varones y atiborrándose la cabeza con griegos y latines y tonterías por el estilo.
- Pero si voy a estudiar griego y latín, señora Lynde – dijo Ana riendo –. Seguiré el curso en “Tejas Verdes” y estudiaré las mismas cosas que en el colegio secundario.
La señora Lynde alzó sus manos en sagrado terror.
- Ana Shirley, te matarás.
- No. Tendré éxito. No voy a excederme. Tengo muchísimo tiempo libre durante las largas noches de invierno y no tengo ningunas ganas de hacer el tonto. Enseñaré en Carmody, ¿sabes?.
- No lo sé. Sospecho que enseñarás en Avonlea. Los síndicos han decidido darte el colegio.
- ¡Señora Lynde! – gritó Ana, saltando sobre sus pies de la sorpresa –. Pero si yo creía que se lo habían prometido a Gilbert Blythe.