Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Cuando se corrió la voz en Avonlea de que Ana Shirley había abandonado la idea de aceptar la beca y tenía intenciones de permanecer allí y enseñar, se discutió bastante el asunto. La mayoría de la buena gente, que nada sabía sobre los ojos de Marilla, lo creyó una tontería. La señora Allan, no. Se lo dijo a Ana con tales palabras de aprobación que la hizo llorar.
Tampoco lo consideró así la buena de la señora Lynde. Llegó un atardecer y encontró a Ana y Marilla en la puerta principal, disfrutando del cálido y perfumado crepúsculo. Les gustaba sentarse allí cuando caía el sol; las mariposas blancas volaban por el jardín y el olor a menta llenaba el húmedo aire.
La señora Rachel depositó su sustancial persona sobre el poyo de piedra, tras el cual crecía una alta planta de rojas y amarillas malvas, con un largo respiro, mezcla de fatiga y alivio.