Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- Creo que es encantador – dijo Ana defendiéndolo –. ¡Es tan comprensivo! No le importa que hablara; parecía que le gustaba. Tan pronto como le vi, sentí que era un espíritu gemelo.

- Sois los dos raros, si es a eso a lo que te refieres al decir espíritus gemelos – dijo Marilla con un bufido –. Sí, puedes fregar. Usa bastante agua caliente y asegúrate de secarlos bien. Tengo mucho que hacer esta mañana, pues debo ir esta tarde a White Sands a ver a la señora Spencer. Vendrás conmigo y decidiremos qué hacer contigo. Cuando termines con los platos, sube a hacer tu cama.

Ana lavó los platos con bastante destreza, como pudo comprobar Marilla, que observaba con ojo crítico. Más tarde hizo la cama con menos éxito, pues no había aprendido el arte de luchar con un colchón de plumas. Pero se las arregló como pudo, y entonces Marilla, para verse libre de ella, le dijo que podía salir y divertirse hasta la hora del almuerzo.

Ana voló a la puerta, con la cara encendida y los ojos brillantes. Al llegar al umbral, se detuvo de improviso, se dio la vuelta, volvió y se sentó junto a la mesa, habiendo desaparecido de su cara la luz y la alegría.

- ¿Qué ocurre ahora? – preguntó Marilla.


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