Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Un marido ya es suficiente responsabilidad. La señora Thomas dijo que eran un par de criaturas, y tan pobres como las ratas. Fueron a vivir a una pequeña casita amarilla en Bolingbroke. Nunca la he visto, pero me la he imaginado miles de veces. Estoy segura de que tenía madreselvas sobre la ventana de la sala, y lilas en el jardín y lirios del valle a la entrada. Sí, y cortinas de muselina en todas las ventanas. Las cortinas de muselina dan un aspecto muy bonito a una casa. Yo nací en esa casa. La señora Thomas dijo que yo era la niña más fea que había visto, toda huesos y ojos, pero que para mamá era guapísima. Yo debería pensar que una madre sería mejor juez que una pobre mujer que servía para fregar, ¿no le parece? De cualquier modo me alegra el que mamá estuviera satisfecha conmigo. Me sentiría muy triste si supiera que había sido una desilusión para ella, porque no vivió mucho después de aquello, ¿sabe? Murió de fiebre cuando yo tenía tres meses. ¡Cuánto deseo que hubiera vivido más tiempo para poder recordar el llamarla mamá! Pienso que debe ser muy dulce decir “mamá”, ¿no es cierto? Y papá murió cuatro días después, de fiebre también. Me quedé huérfana y los vecinos no sabían qué hacer conmigo, según dijo la señora Thomas. Verá usted, nadie me quería, ni aun entonces. Parece ser mi destino. Mamá y papá habían llegado de lugares muy distantes y era sabido que no tenían parientes. Finalmente la señora Thomas se hizo cargo de mí, a pesar de que era pobre y tenía un marido que estaba siempre borracho.