Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Yo no le darÃa ni un perro a esa señora Blewett – dijo Matthew con inusitado vigor.
- A mà tampoco me gusta su aspecto – admitió Marilla –, pero hay que elegir entre eso o quedarnos nosotros con ella, Matthew. Y, ya que tú pareces querer quedarte con ella, supongo que yo también tendré que quererlo. He estado dándole vueltas a la idea, hasta acostumbrarme a ella. Parece un deber. Nunca he criado una criatura, especialmente una niña, y creo que me provocará enormes trastornos. Pero lo haré lo mejor que pueda.
En lo que a mà respecta, Matthew, puede quedarse.
La tÃmida cara de Matthew brillaba de alegrÃa.
- Bueno, Marilla, esperaba que lo vieras asÃ. Es una chiquilla muy interesante.
- SerÃa mejor si pudieras decir que es una chiquilla útil – respondió Marilla –, pero yo procuraré que asà sea. Y ten en cuenta, Matthew, que no te permitiré interferir en mis métodos. Quizá una solterona no sepa mucho sobre cómo se crÃa a los niños, pero seguro que sabe más que un solterón. De manera que déjame manejarla. Cuando fracase, tiempo tendrás de echar una mano.
- Bueno, bueno, Marilla, puedes hacer lo que quieras – dijo Matthew tranquilamente –.